Sucesos, Vida de Fe y Cristianismo en Honduras

Mostrando entradas con la etiqueta Dios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Dios. Mostrar todas las entradas

lunes, 12 de abril de 2010


Las relaciones son los puentes de Dios
































Por: Edwin Francisco Herrera Paz
Pienso que la entrada anterior de este blog denominada "Puentes", una metáfora en la que muestro al Maestro Jesús nuestro Señor como constructor de puentes, merece una explicación mas a fondo, y aquí se las ofrezco.
En el mismo instante de la creación –el llamado big bang por la física moderna- toda la materia y la energía se encontraban en un estado de infinita densidad. Las cuatro fuerzas de la naturaleza (fuerza fuerte, fuerza débil, fuerza electromagnética y fuerza gravitacional) formaban una única superfuerza. A medida que el universo se enfriaba antes del primer segundo, la energía se condensó en un plasma de partículas (fermiones y bosones). Los fermiones se diferenciaron en electrones y quarks (y otros). Los quaks se relacionaron de a tres para formar protones y neutrones, los que a su vez se relacionaron con los electrones para formar átomos de hidrógeno.
Después del primer segundo de la creación el universo ya contaba con las leyes fundamentales que lo regirían. Las cuatro fuerzas se separaron para dominar diferentes escalas espaciales. Poco a poco, los átomos de hidrogeno se fusionaron para formar átomos de helio. Los átomos de helio e hidrogeno que formaban las nubes de polvo se relacionaron para formar conglomerados que se condensarían y formarían las estrellas de primera generación. Las estrellas se relacionaron entre sí para formar galaxias, y dentro de cada estrella la complejidad de las relaciones de las partículas subatomicas fue en aumento hasta formar elementos más pesados, incluidos el oxigeno, y el carbono.
En las estrellas y planetas, los átomos se relacionaron entre sí para formar compuestos químicos, como el metano y el dióxido de carbono. En la tierra, los compuestos químicos se relacionaron para formar motores moleculares, los que a su vez se relacionaron para formar pequeños aparatos con funciones especiales, los que se relacionaron para formar células. Las células se relacionaron para formar organismos pluricelulares simples. A medida que aumentaba la complejidad de las relaciones celulares, diferentes partes se diferenciaban para constituir órganos, los que se relacionaban para formar organismos complejos. Los organismos complejos llamados humanos se relacionan para formar instituciones, las que a su vez se relacionan para formar sociedades complejas.
Cada una de las cuatro fuerzas cumple su función en el universo, relacionando la materia de diversas formas: las fuerzas débil y fuerte a nivel atómico y subatómico, la fuerza electromagnética a nivel molecular, y la gravitación a nivel estelar y galáctico. La acción de todas las fuerzas está orquestada para formar complejidad, para organizar la materia en diferentes niveles.
Los seres humanos se relacionan de diferentes maneras, sin embargo el amor y la cooperación son las relaciones que nos aglomeran para formar familias y tribus, y de allí en adelante corporaciones, barrios, ciudades, países y comunidades de países. Las relaciones son muchas veces más importantes que los individuos, ya que forman la estructura, el andamio en el que se desarrollan los sistemas. Los individuos son efímeros, pero las relaciones mantienen la identidad de los miembros aunque estos, con el tiempo, ya no sean los mismos. Por eso el principio enseñado por Jesús a sus discípulos: Ámense los unos a otros como yo los he amado (Juan 13:34). Jesús sabe de la importancia de las relaciones pues el universo de su padre está construido de ellas.
¿Y que son las relaciones sino puentes? El hacedor del universo es un constructor de puentes. Puentes que forman la materia, las estrellas, los planetas y galaxias; puentes que forman vida y complejidad, y puentes de amor, aceptación, tolerancia y perdón. Jesús vino a esta tierra hecho hombre para que recuperásemos nuestra relación con el Padre. Es decir, construyó un puente entre el Padre todopoderoso y nosotros, humanos simples, mortales, imperfectos y caídos.
Por eso las relaciones son puentes: los puentes de Dios.

martes, 23 de marzo de 2010


El Plan de Vuelo Divino



Antes de volar del punto A al punto B, el piloto realiza un detallado plan de vuelo. Este incluye: los puertos de despegue y destino, la altitud estimada, el tiempo estimado en ruta, el rumbo, etc. Cuando el piloto toma el avión realiza un minucioso chequeo de la aeronave, las superficies de vuelo, el combustible, los aparatos de medición, etc. El piloto se sube a la aeronave, la enciende y hace un chequeo de los instrumentos, el nivel de aceite, la temperatura, las comunicaciones, las aeroayudas. Ante del despegue continúa el chequeo. Se prueba la potencia del motor, la respuesta de las superficies de vuelo, se regula el barómetro para que concuerde con la presión atmosférica real, etc. El piloto despega según procedimientos ya establecidos. Inclina la nariz y regula la potencia para establecer una tasa de acenso. Al alcanzar la altitud previamente establecida, se establecen un rumbo y velocidad de crucero. Al aproximarse al destino, el piloto reduce la velocidad para establecer una tasa de descenso. A cierta altitud de la pista, el piloto decide si aterrizará o realizará lo que se llama en inglés un go around. Si la altitud y velocidad de la aeronave son las adecuadas, lo que sucede usualmente, el piloto aterriza.

¿Quiere esto decir que un vuelo del punto A al punto B siempre será igual? De ninguna manera. No hay dos vuelos iguales. En algunas ocasiones, las condiciones meteorológicas serán de viento suave y soleado. En otras, habrá viento severo, lateral o de frente, lo que obligará al piloto a realizar las correcciones adecuadas, como cambio de rumbo indicado y potencia. El tiempo del vuelo variará de acuerdo a la presión atmosférica y el viento. Algunas veces, habrá una tormenta en el camino y el piloto tendrá que alterar el rumbo para esquivarla. Durante todo el vuelo, el piloto tendrá que realizar correcciones de tiempo en tiempo, chequeando que todo esté correcto. Deberá reportar su posición en puntos de chequeo previamente determinados. También la omnipresente segunda ley de la termodinámica actuará deteriorando las partes del avión, de tal forma que el piloto tendrá que cambiar alguna pieza dañada antes de aventurarse al horizonte. La aeronave puede ser muy maniobrable y responder a los mandos suavemente, o puede ser una nave extremadamente difícil de dominar. En el primer caso el piloto podrá sacarla de una tormenta fácilmente, en el segundo será más difícil. La cuestión es que hay un número infinito de vuelos posibles, pero todos llevarán a la nave del punto A al punto B.

Pues bien, he aquí la analogía. Usted es la aeronave y Dios es el piloto. Aunque hay un propósito preestablecido, Dios se encuentra realizando pequeñas correcciones permanentemente, imperceptiblemente. De vez en cuando realizará una corrección mayor, una irrupción del mundo espiritual de grandes proporciones que se nos revela en forma de los llamados milagros. La cosmología moderna nos deja entrever que el universo podría estar diseñado para la intervención divina por intermedio de la incertidumbre cuántica. Bastarían ciertas correcciones en la dirección de un electrón u otra particula de cuando en cuando, si se conoce que electrón o que fotón se tiene que alterar (y Dios por supuesto, lo conoce). La amplificación de la señal en el tiempo cambiará los eventos de tal manera que el resultado esté de acuerdo con el plan Divino. Desde luego, el control del universo es infinitamente más complejo que el control de un avión, pero el piloto universal es infinitamente más diestro que el piloto de carne y hueso.

Hace poco, después de encontrarme en silencio y en actitud de reflexión, subí la mirada y le dije a mi cuñada Tatiana: “Soy una veleta”. Mi cuñada, con voz y mirada alarmadas me preguntó: ¿Cómo así? -Si,- le dije en un momento de inspiración supremo. “una veleta llevada por el suave viento divino”. Mi cuñada, que es abogada (como toda mi familia por lo que me llaman “la oveja blanca”), comenzó a discutir sobre el significado de veleta. Me recordó aquella canción que dice “eres una veleta”. La canción se refiere a una veleta, en tono de ofensa, como aquella persona que no sabe lo que quiere, ni tiene idea de adonde va. Entonces que no anduviera diciendo eso por allí porque me iban a confundir con el de la canción. Yo, decidí no discutir. He tomado como actitud de vida nunca discutir con un abogado.



miércoles, 20 de mayo de 2009


Del propósito de Dios o ¿Tiene Dios un Dios?


Cañon del Colorado, Río, Montaña rocosa

Edwin Francisco Herrera Paz

Últimamente he gastado una gran cantidad de tiempo intentando dilucidar el por qué estamos en este mundo, qué es lo que quiere Dios que hagamos los seres humanos, para qué tanto problema en crear algo tan complicado, caído e imperfecto (con excepciones, repito) como un ser humano, y cosas por el estilo, que de tanto pensar me he distraído en mi propósito de conquistar al mundo. Lo bueno es que creo que ya lo tengo dilucidado; el problema es que la emoción de haberlo descubierto hace que se me desborden las ideas y no se por donde comenzar. Bien, ya se, comenzaré con los sistemas complejos, entre los cuales los seres vivos somos los reyes (a propósito, los sistemas más complejos, misteriosos, inescrutables, inexpugnables, indescifrables, impredecibles, inentendibles y bonitos que conozco son las mujeres, mi esposa incluida pa que no se enoje).


Haciendo un paréntesis, un buen amigo me escribió recientemente preguntándome que qué creía yo: ¿Dios es ateo? El argumento es que, los Mayas, Aztecas etc. eran politeístas, pero los europeos nos vendieron el monoteísmo. Si Dios es único y no tiene a quien adorar, entonces es ateo. 

Indígenas, sacrificios humanos
La pregunta es capciosa (me hizo acordarme de mi profesor de Medicina Legal en Tegucigalpa, muy conocido, por cierto), ya que se basa en lo siguiente: Si el universo es extremadamente complejo y fue creado por Dios, entonces ¿Quién creo a Dios, un ser más complejo que el universo? Con esto vienen otras preguntas: ¿Hay un superdios arriba de Dios? Entonces, debe haber otro por arriba de este y así, infinitamente llegando a un número infinito de deidades con un poder infinito creciente, lo cual trae a colación el problema de los infinitos: ¿Que es más: infinito o 2 por infinito? ¿Y si multiplicamos infinito por infinito, es decir infinito cuadrado? 

Aunque parezca mentira matemáticamente hay infinitos que son más que otros infinitos. Por ejemplo, el infinito de los números reales será mayor que el infinito de los números enteros, ya que entre dos enteros habrá un número infinito de números reales. Ahora bien, el argumento de que Dios no debe existir puesto que es más complejo que su creación se basa en el principio de la navaja de Occam, que básicamente dice que entre dos posibilidades, la más probable es la más simple, o en buen latín, entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem (no ha de presumirse de la existencia de más cosas que las que son absolutamente necesarias). 

Rasuradora, Afeitar
Es decir, entre la posibilidad de un universo complejo con un Dios creador mucho más complejo, y un universo autoorganizado y autocreado (y ya) debemos quedarnos con la segunda. El problema es que en estos casos la navaja de Occam falla. Por ejemplo: Entre un universo complejísimo y otro en el que no hay nada (o sea, no hay espacio, ni tiempo, ni usted, ni yo, ni la Máquina vs. El León, ni Hablemos Claro, ni Sábados Gigantes, ni nada) la navaja de Occam nos dice que la segunda posibilidad es la que más probablemente sea cierta. Sabemos que la segunda no es cierta puesto que existimos (y también el Presidente Mel Zelaya, la cuarta urna, los sindicalistas, los conductores de rapidito y cosas por el estilo), o, como pensamos, debemos existir (según Renato Descartes) en algún ámbito. Al menos pensamos que existimos, que ya es algo.

lavabo, chorro, grifo, higiene
Para lavarme las manos, le dije a mi amigo que todo este asunto es epistemológico, lo cual quiere decir en castellano decente que mi posición oficial respecto al tema es de una infinita ignorancia. Buena salida, ¿no? Así somos los médicos. A veces nos pasa cuando se nos escapa un diagnóstico: siempre buscamos una salida digna con alguna combinación de palabras difíciles, como “efecto colateral idiopático” cuando no sabemos por qué rayos le hizo daño la medicina al paciente., etc.

De tanto desvarío ya me olvidé de nuestro propósito en la tierra, así que seguiré pensando, o mejor me pongo a trabajar para poder conquistar al mundo (o por lo menos para comprarme una computadora ya que esta se me traba). Que tenga buen día.

martes, 19 de mayo de 2009


Sobre la epistemología de la teleología, o ¿Que rayos hago yo aquí?



Edwin Francisco Herrera Paz
Los seres humanos (y algunos ratones) estamos diseñados para esperar siempre algo por lo que hacemos, es decir, estamos orientados a objetivos (mi objetivo, por ejemplo, es conquistar el mundo), lo cual es el resultado de muchos años de selección natural. Si somos cazadores, tomamos la lanza, nos vamos con nuestro equipo con el objetivo de cazar al mamut. La lanza, y el hecho de unirse a un equipo tienen un propósito: alimentarnos a nosotros y nuestras familias. La versión moderna sería tomar la pelota y unirnos al equipo de futbol. El propósito: pasar un tiempo divertido, desahogar un poco nuestras hormonas (testosterona y DHT) de macho indómito (catarsis, diría Sigmund Freud), satisfaciendo nuestro instinto de caza, y el galardón: los goles. Si el partido de futbol es entre damas, el propósito es diferente: la convivencia y la tertulia mientras juegan. No falta alguna que patee la pelota al mismo tiempo que se maquilla. En serio, ¿han visto un partido de futbol femenino? Todas (las 22) corren juntas detrás de la pelota. Y es que esto es el producto de miles de años como recolectores, en donde la convivencia en grupo para criar a los niños y realizar la labor de recolección era esencial (como ven estoy dispuesto a ser martirizado por el feminismo en pos de la ciencia).
Si trabajamos, el propósito es sobrevivir, o ganar algo extra para satisfacer nuestros extravagantes gustos de divo(a). Si hacemos el amor, matamos 2 pájaros de un tiro: hacemos bebés a la vez que satisfacemos nuestros impulsos lúdicos. Hablando de esto último, como médico me he podido dar cuenta de que es mucho más probable que se forme el bebé si se hace por el juego en sí, que si se hace para traer el bebé al mundo. Si no mire usted la cantidad de embarazos no deseados, y cuando se desea mucho el embarazo, no hay embarazo. Parece contradictorio, ¿no es así? Parece ser que cuando el embarazo se busca desesperadamente, la diversión se olvida y, al parecer, la fertilidad mejora con la diversión. En esto se basan los especialistas en fertilización in vitro para pagar la cuota de su nueva casa en esa colonia lujosa (los médicos estamos llenos de trucos para pagar las cuotas atrasadas, por lo que algunos nos consideran seres superiores, superados en ese aspecto solo por los abogados). Le enseñan a la pareja, diz que para aumentar la probabilidad de salir embarazada, que a tomarse la temperatura a diario, que quedarse acostada después del juego, que inclinar la cama quedando con la cabeza para abajo al estilo murciélago, etc. etc. Cuando todo esto falla (amárrese el bolsillo), la única solución es la fertilización in vitro y el transporte de óvulos fecundados. ¿El resultado? Miles de embriones congelados solo en Estados Unidos, los que serán probablemente descartados, aunque este hecho podría tener como propósito ayudar a la investigación de células madre, pero ese es otro tema. ¿Ya ve? Disfrute la experiencia lo más que pueda, olvídese del asunto, saldrá embarazada y protegerá sus finanzas.
Volviendo al tema que nos compete, si escribimos, lo hacemos para que nuestros amigos nos quieran (según Gabriel García Márquez). En fin, no es difícil darse cuenta de que el ser humano funciona cumpliendo pequeños objetivos, marcados por nuestras pulsiones o, en palabras de Freud, la sublimación de estas pulsiones hacia propósitos superiores.
Una cosa muy diferente es analizar nuestra existencia tomando en cuenta que tenemos un propósito eterno, que estamos en los planes de nuestro creador, que venimos a la tierra para formar parte de un gran rompecabezas que nuestro Dios está armando, con un propósito más allá de nuestra comprensión. Muchos teólogos y filósofos de la ciencia se refieren a este fin último como que es esencialmente “epistemológico”, que significa que hay un límite en el conocimiento humano, que hay cosas que no se pueden saber o conocer porque están más allá de cualquier razonamiento o fuera del alcance de cualquier tecnología que pudiéramos inventar. En otras palabras, epistemológico es una palabra rimbombante, elegante, altisonante y resonante que se utiliza para referirse a la más absoluta y eterna ignorancia. Y a propósito de palabras altisonantes, leí hace poco un artículo del año pasado en la que probablemente sea la revista científica más prestigiosa del mundo (Nature), en donde claramente se instruye a los lectores (creo que con el afán de que los científicos continúen inalcanzables en su inexpugnable fortaleza de la ciencia) a cambiar su vocabulario: para referirse a “un montón de libros” (o a todos los libros del mundo) y siguiendo la moda de la genómica, se deberá usar el término bibliómica; en lugar de decir clonación (eso es para el vulgo) se deberá decir “transporte nuclear de células somáticas”, etc., etc. Así, realizando estos cambios nuestra labor podrá continuar siendo “epistemológica” para el “aciencio” o “inciencio” (ambos términos acuñados por mi para referirme a aquel individuo que desconoce la existencia de la ciencia, y a aquel que la conoce pero no la practica, respectivamente) mortal común.
Retomando el tema, si hay un propósito eterno y nosotros, mortales simples, imperfectos (con la excepción de algunas bonitas actrices de cine), infinitamente limitados en tiempo y espacio, y además con libre albedrío, entonces Dios tiene que estar actuando constantemente para corregir nuestros desaciertos, aumentar la complejidad de los sistemas, y encima de esto satisfacer nuestras demandas, aquello que pedimos mediante la oración de fe. Naturalmente, la labor de ingeniería necesaria para armar el rompecabezas (ya que los propósitos eternos no son siempre compatibles con nuestros deseos) es monumental y formidable, y de hecho inimaginable e inentendible (epistemológica) y solo puede ser realizada por un ser omnisciente, omnipresente y omnipotente (el uso del término totipotente lo limitaremos a las células madre). Pero entonces, nuestro Dios es un Dios teísta, que tiene que interferir con los asuntos de este mundo constantemente. Tradicionalmente, esta cosmovisión no ha sido tomada muy en serio por la ciencia, y me extenderé un poco más en esto.
Históricamente, la ciencia surgió en Europa como un movimiento revolucionario. Este movimiento, al combatir algunos dogmas errados de la iglesia demostraba ser mucho más convincente en la descripción del mundo que esta, por lo que la actitud revolucionaria se extrapoló a todas las doctrinas eclesiásticas del momento. Así, mientras el individuo medieval consideraba que venía a este mundo con un propósito definido, la ciencia en la época del iluminismo acabó con este “mito”, y con otros, como por ejemplo la intervención divina en los asuntos del hombre y el libre albedrío. El enfrentamiento con la iglesia provocó, en el medio científico, que se aceptaran aquellas teorías que se opusieran a la doctrina eclesiástica y se descartaran aquellas que podían estar, en determinada manera, de acuerdo con la fe cristiana (o de otra denominación), todo esto, desde luego, de manera sutil.
Los eminentes físicos, David Bohm y David Peat, explican en su libro, Ciencia, Orden y Creatividad, como en el siglo XIX la mecánica Newtoniana, la cual es absolutamente determinista y describe el movimiento en pasos sucesivos de tiempo infinitesimal, desplazó a la teoría de Hamilton-Jacobi, en la que el movimiento puede estudiarse como una onda (a partir de una integral llamada Lagrangian), y en la cual puede apreciarse un atisbo de finalidad o propósito. Ambas explicaciones del movimiento son adecuadas para la resolución de problemas prácticos (una condición necesaria y suficiente para ser aceptada por la ciencia positivista), pero la mecánica de Newton logró establecerse como el cuerpo teórico por excelencia para la explicación del movimiento. La postura antieclesiástica, reduccionista y determinista orientó a la ciencia de la época precedente al siglo XX a un mecanicismo casi absoluto, siendo a menudo citado como el pináculo de esta visión un comentario realizado por el entonces eminente científico y filósofo de la ciencia Marqués de Laplace. Lo que Laplace refirió fue más o menos esto: “Si un ser omnisciente pudiera conocer la velocidad, posición y dirección de todas las partículas del universo en un tiempo A, entonces podría conocer la velocidad, posición y dirección de todas las partículas del universo en un tiempo B futuro, ya que todo estado futuro depende del estado presente.” En un universo así, obviamente, no puede haber libre albedrío, ni ingerencia de parte de Dios en los asuntos humanos, ni propósito. Si el futuro está todo determinado por el estado presente ¿Qué diferencia voy a hacer yo? Todo lo que yo haga ya habrá sido predeterminado, no seré responsable de mis acciones puesto que estas dependen de una serie de reacciones químicas cerebrales que están determinadas por estados anteriores, y no puedo hacer nada para cambiar un futuro ya determinado. Aunque esta manera de pensar no elimina la posibilidad de la existencia de Dios (todavía es posible la existencia de un Dios creador) este no tiene ingerencia en los asuntos del hombre. Lamentablemente esta filosofía surgida de dogmas científicos permeó los círculos intelectuales de su tiempo.
Por suerte para los creyentes, el siglo XX trajo consigo un cambio radical de apreciar el mundo. Este cambio llegó bajo 2 denominaciones: La relatividad (especial y general), y la física cuántica, la primera personificada por Albert Einstein, y la segunda por un grupo de físicos teóricos entre los que se destacan Heisenberg, Shrodinger y Bhor. Particularmente la física cuántica presenta desafíos extremos para la mente de los físicos, ya que el mundo del tamaño de partículas subatómicas se comporta de manera que nos parece loca y que no encaja en las experiencias de nuestra vida cotidiana. ¿Puede usted explicarse como un objeto puede ser onda y partícula a la vez? Ni chicha ni limonada, diría mi abuelita. ¿Cómo puede explicarse que un electrón no tenga una posición definida, sino muchas posiciones siguiendo una distribución probabilística y no determinística? Eso equivaldría a decir en el macromundo cotidiano, que usted está tanto en su trabajo como en su casa, al mismo tiempo, y además en otros muchos sitios intermedios distribuidos probabilísticamente (debido al tiempo limitado y la demanda de la vida moderna, a veces me gustaría ser cuántico). Nosotros, seres binarios por naturaleza (ver ensayo anterior en este blog: De células, no células y células madre) no podemos comprender estos hechos intuitivamente, pero no son del dominio de la epistemología ya que pueden ser descritos con ecuaciones. De un plumazo, la física, la madre de las ciencias, se volvió probabilística en esencia, dejando campo para aquellos asuntos que la física precedente había desdeñado.
Ya me he referido a como la llamada Ley de incertidumbre de Heisenberg asegura que el universo es determinista en un 50%, por lo que queda un 50% de margen para la actuación de Dios (ver: La fe y la nueva física). No hay necesidad de que Dios actué en todo ese 50%, aunque esto asegura un rango considerable de actuación. Basta, como expliqué, pequeñas perturbaciones que pasarían inadvertidas para los aparatos de medición (Dios no altera frecuentemente el orden creado por El), pero que harían una gran diferencia para el creyente, amplificándose estas señales en el tiempo para que resulten en el estado correcto, deseado por Dios para bendecirnos y a la vez, cumplir sus propósitos eternos. Si usted es un creyente comprometido, ha orado con fe y ve cumplidas sus oraciones, probablemente estará de acuerdo conmigo en el hecho de que sus peticiones son contestadas en una mayor cantidad de veces que lo esperado por azar. No he realizado los cálculos probabilísticos que serían de rigor científico, pero puedo asegurar que las ocasiones en las que mis oraciones son contestadas, y aquellas en las que lo que sucede a mi alrededor es de bendición, son abrumadoramente abundantes. Si usted no es creyente, no sabrá de lo que estoy hablando, y si usted además es físico, lo siento, sus instrumentos nunca lo podrán confirmar. Todavía queda la posibilidad de estudiar los milagros, digamos, las curaciones sin explicación médica, y determinar si son más frecuentes en personas de fe, pero la imposibilidad de controlar la variable independiente (¿Cómo mide la fe?) hará que la labor sea, con mucha probabilidad, infructuosa.
He aquí una humilde interpretación de lo que es (solo una parte de) el propósito de Dios para nosotros en esta tierra: Dios quiere que señoreemos, que conquistemos, que salgamos de la tierra a dominar otros mundos, que desarrollemos la ciencia y a la vez la fe, que dominemos las fuerzas de la naturaleza, incluyendo la segunda ley de la termodinámica que predice la muerte del universo, y que lo hagamos con responsabilidad, siempre para beneficiar a la colectividad antes que a nosotros mismos, respetando nuestro medioambiente y otras formas de vida. Para eso diseñó la manera de hacer que la materia inanimada se tornara en sistemas complejos, alejados del equilibrio termodinámico, autoorganizados, flexibles, autorreproducibles y de complejidad inigualable, y finalmente capaces de pensar, abstraer y alterar el entorno. Siempre que Dios se encuentra con el dilema (si Dios tuviera dilemas) de favorecer nuestras peticiones o favorecer el crecimiento de los sistemas para este propósito, su balanza se inclinará en nuestra contra. Por eso las escrituras, por eso las enseñanzas, por eso lo de amarnos los unos a los otros, para que nuestros propósitos siempre estén acordes con los de El, y así en esa obediencia, en ese caminar con Dios, podamos ser bendecidos.
¿Sabía usted que el propósito (ya sea eterno o terrenal) también tiene un nombre rimbombante? Se le llama “teleología”. Por el momento, mi propósito es conquistar el mundo. Que tenga buen día.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...